jueves, 14 de abril de 2011

Tao te king, capítulo LVIII

Si gobiernas difuso,
el pueblo será puro.

Si gobiernas discerniendo,
el pueblo será taimado.

Desgracia: en ella se apoya la felicidad.
Felicidad: en ella yace la desgracia.
¿Quién conoce sus extremos?

No hay en ello regla alguna:
lo regular se torna inesperado,
lo bueno se torna funesto.

El extravío del hombre es, en verdad, antiguo.

Por eso, el santo*,
es cuadrado sin ser cortante,
aristado sin ser punzante,
recto sin ser inmoderado,
luminoso sin ser deslumbrante.


*Santo (sheng ren): El santo es el hombre arquetípico y perfecto, elemento intermediario entre lo inefable e insondable y el mundo conocido. El carácter sheng, en sus variantes más arcaicas, representaba un hombre con una oreja desmesuradamente grande, o con una oreja enorme y, al lado, una boca pequeña; en versiones posteriores y en su forma actual no simplificada, se escribe con los elementos semánticos de la oreja y la boca, y, probablemente, el elemento fonético-semántico de la eminencia (formado por un hombre que se mantiene erguido sobre un montículo). Es interesante comprobar que, a menudo, los caracteres relacionados con la inteligencia poseen el elemento semántico de la oreja, o sea de la acuidad auditiva, la capacidad de percibir las señales del mundo. El santo, compenetrado con el curso, ejerce por la inacción la misma virtud ordenadora. El santo ni actúa ni habla, es precisamente su carencia de individualismo, de intención particular, de plan preciso que realizar  para que reine el orden en la tierra, por lo que puede abrazar a través de su propia existencia el curso del gran proceso que obra en el mundo y difundir una influencia que, igual que la del Cielo, sea a la vez indiscernible e infinita.


Edición y traducción del chino:
Anne_Hélène Suárez Girard


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